Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

25 de junio de 2017

El Mago Desterrado (Capítulo 1)

Novela de fantasía épica. Todos los domingos publicaré un capítulo.

PRÓLOGO
La costa pedregosa apareció de súbito, a tan sólo cien metros de la proa del pequeño navío. El capitán giró a estribor justo antes de chocar con los prominentes montículos de la costa (negros, dentados y filosos como dientes de perzans, que según las leyendas habitaban en lo más profundo de la Isla de los Monstruos), que de no haberlos esquivado habrían hecho saltar la nave en mil pedazos.
—Esto me da escalofríos —confesó el capitán Tolón—. Tendremos que buscar un mejor lugar para desembarcar —agregó.
«Yo también tengo miedo», pensó Ser Maxwell.
El capitán Tolón era un hombre sombrío, robusto, de rostro redondo y un mostacho rojizo sobre el labio superior que lo hacía muy semejante a las morsas. Rondaba los cuarenta años, y más de la mitad los había pasado navegando. Hijo de un mercader de Costa Vya, un pueblo marítimo de Nareljá, se dedicaba a transportar mercancías entre las ciudades y reinos vecinos. Mercancías no del todo legales en muchos casos, pero eso era algo de lo que no gustaba fanfarronear. Lo habían encontrado en la ciudad de Domra, ubicada en una gran isla al sureste de Osttand, y fue una suerte.  
Al menos un millar de capitanes los habían rechazado a lo largo de toda la costa sur del continente oriental, desde Nareljá a Robast, cuando les proponían realizar aquel peligroso viaje. Sin importar el oro que ofrecieran, incluso ofreciendo más del que podían pagar, las respuestas siempre eran negativas. Pero el capitán Tolón había aceptado el riesgo, no sin antes hacerlos escuchar la historia de su amarga vida y los motivos por los que aceptaba arriesgar su existencia y su Dar´Val en aquella disparatada aventura. Algunos de sus remeros también tenían una amarga vida, aún así se apearon de la nave cuando se enteraron de su destino, abandonándoles a las velas y al imprevisible viento.
«¿Amarga vida?», pensó Maxwell tras escuchar la historia del capitán. «Su historia es un cuento de niñas comparada a la de mi señor y la mía.»
Un día después de cerrar el trato, y tras la compra de suministros para el viaje, dieron inicio a la ambiciosa aventura. Ciudad Domra estaba ubicada al oeste de la isla, junto a la desembocadura del Rom, de modo que primero se dirigieron al sur para luego girar el este a través del Mar Oscuro.
El Mar Oscuro, aguas que hacían honor a su nombre, era un lugar sombrío y tenebroso. Allí el sol se ausentaba por jornadas completas, cediendo su lugar a ventarrones, y tras la ausencia de éstos, la neblina los envolvía como si de la noche se tratase. Las estrellas parecían expulsadas de aquel cielo negro y el aire era pesado y húmedo. Peor aún eran las tormentas que los azotaban día y noche, dejándolos prácticamente sin horas para dormir. Seguir el rumbo con aquellas condiciones requirió todas las habilidades y trucos del capitán Tolón y aun así hubo veces que navegaban en sentido contrario y solo la milagrosa aparición del sol los hacía caer en su error. Fueron necesarias todas las habilidades marítimas del robusto capitán, el poder de lord Darfor y la buena suerte para vencer aquel torrente de adversidades para alcanzar, tras largos veinte días de travesía, su destino: Isla Pirata.
El capitán Tolón terminó de girar el barco y navegó cerca de altos acantilados en busca de un lugar para desembarcar. Árboles de hojas raquíticas y troncos torcidos y nudosos se aferraban en las cimas de los acantilados, como monstruos huesudos que hacían un último esfuerzo para no caer. Una solitaria gaviota planeaba sobre un risco. El aspecto del conjunto era desolador.
Maxwell calculó que debía ser mediodía, pero todo estaba oscuro, en sombras, y la neblina los envolvía como el manto del cielo envolvía Poderland, más oscura y más densa que los días anteriores.

15 de junio de 2017

Despertar

No recuerdo cómo ni por qué, pero estaba cayendo. El terror se apoderó de mí. Como loco empecé a agitar mis brazos, como si con ello fue a echarme a volar o ralentizar la caída. Yo no era un ave, y así me lo demostró la gravedad, que me hacía ir al encuentro de la tierra como una aguja vuela al encuentro del imán. La oscuridad me rodeaba, me abrazaba, me oprimía, me estaba asfixiando. Abajo, algo emitía destellos como un cristal. «No, cristal no, es agua». Estaba cayendo al encuentro de alguna laguna o río. ¿Pero cómo, si hace instantes me encontraba muy abrigado en la cama?
El agua vino a mi encuentro. Esperaba un chapuzón, un golpe que me dejara sin aliento y me hiciera retorcerme del dolor, pero sólo alcancé a percibir unas cuantas gotas, como salpicaduras.
Desperté sobresaltado. El corazón latía con fuerza dentro de mi caja torácica. Estaba en penumbras, en mi habitación. Mi cama estaba pegada a la pared, junto a la ventana. La ventana estaba abierta, afuera llovía. Fueron las gotas que se colaban por el vano las que me habían despertado. Me sentí aliviado, como sucede siempre que tenemos una pesadilla para luego descubrir que no era realidad, que nada malo ha ocurrido. Sin embargo, seguía sintiendo una especie de aprensión.
Me incorporé en la cama para cerrar la ventana. La lluvia en lugar de empaparme, se quedó golpeteando contra el cristal. ¡Entonces lo supe! Y el miedo volvió más crudo que antes. ¡La cama! La cama siempre había estado en el centro de la habitación, no junto a la ventana. Cuanto me acosté esa noche, estaba en su lugar habitual. Es más, estaba seguro de que la ventana también estaba cerrada.
Escuché una respiración y un gruñido ronco en alguna parte de la habitación. Mi miedo se intensificó, si cabe. Busqué a tientas, tembloroso, la lámpara que siempre había a mi izquierda, no hallé nada; en la penumbra vi el mueble en el que estaba a varios pasos de distancia. No me atreví a bajar de la cama para encenderla. Seguía oyendo la respiración, imaginaba a un monstruo agazapado esperando que yo bajara de la cama.

19 de mayo de 2017

Lady Mind (Parte II. Final)

¿Olvidar? ¿Cómo olvidar a alguien de quien te has prendado desde el primer momento? A alguien por quien te has desvivido en atenciones y cortesías, en galanteo y caballerosidad. ¿Cómo olvidar a alguien que le has ofrecido todo y te ha escupido en la cara? No, eso no se olvida. Aunque lo intenté. De verdad que lo intenté.
Lo primero que hice fue alejarme de las fiestas un tiempo. Creí que, si la dejaba de ver, terminaría por olvidarla. Sucede que, las cosas casi nunca salen como uno quiere. Y en vez de olvidarla, mi mente no dejaba de volar a ella, a Lady Mind. La imaginaba toda: su cuerpo, su rostro, sus labios, sus sonrisas, su cabello, su gracia… y apretaba los puños, lleno de ira, de frustración, de odio.
Cuando unos dos meses después decidí regresar a la vida en la sociedad, yo era un tipo más callado y serio; casi amargado. Cuando la volví a ver, estaba tan radiante como siempre, puede que más. Mi corazón se desbocaba con cada vistazo que le daba. No podía creer que estuviese privado de su amor, ni siquiera fui capaz de cultivar su simpatía. En secreto odiaba a quien quiera que hubiese ganado o fuese a ganar su amor.
Se suponía que había atendido a razones y me olvidaría de ella. Pero el volverle a ver, hizo que la llama del amor se insuflara aún más y no desaproveché cualquier ocasión que tenía para abordarla. Traté siempre de mantener la etiqueta y el protocolo, pero muchos se dieron cuenta que esa joven me traía trastornado.
Pronto empezaron a hablar de mí. De mi conducta poco caballerosa, empujando incluso a otros jóvenes, con tal de tener a Lady Mind para bailar una pieza. Mi lista de pretendientes decreció considerablemente por la poca atención que les brindaba, y se convirtieron en mis claras detractoras. Y de Lady Mind, no obtenía más que rechazo y antipatía.
Pero logré abrir los ojos, definitivamente di un paso atrás en la fila de pretendientes de Lady Mind y traté de resarcir mi buen nombre. Transcurrieron algunos meses de esta forma. Poco a poco volví a ser el joven caballero Edward Mills. Mi pasión por Lady Mind seguía tan viva como siempre, mi día y mis noches estaban plagados de ella, pero era consciente que era un amor imposible, y que por tanto tenía de tratar de seguir un camino apartado del suyo.
Dicen que cada instante de la vida está planeado por Dios. Yo creo que Dios se toma sus ratos libres, entonces aparece Satán para hacer de las suyas; es una de las explicaciones que doy a lo que pasó.
Existen esos momentos, cuando piensas en el rechazo de la persona amada, con quién estará, quién será la causa de sus sonrisas… Sientes la rabia y la impotencia reverberar en tu interior y las lágrimas asoman a tus ojos. En esos momentos piensas que si ella no estuviera todo sería tan sencillo. Pero cuando esos pensamientos horribles coinciden con la presencia de la persona que los causa, a mí me parece que es cosa del diablo.

16 de mayo de 2017

Lady Mind (Parte I)

A veces creo que es mi imaginación, producto de mi conciencia, otras; que he me he vuelto loco. Cualquiera de las dos opciones es mejor a la que he barajado los últimos días. Me niego a aceptar que es real, me niego, me niego…
La veo en mis sueños, con sus largas faldas, sus blusas recatadas y sus zapatos de tacón. A veces lleva sombrilla y otras un sombrero. Otras veces lleva el cabello suelto, cayéndole como cascada en la espalda, negro como sus ojos. Otras veces lo lleva trenzado. Pero siempre trae los ojos tristes, acusadores, cargados de venganza, me parece a mí.
Ella es Lady Mind, la mujer de mis tormentos.
No sólo la veo en mis sueños, ojalá fuera tan sencillo como unas simples pesadillas. También está en mi realidad. Sí, en mi realidad; aunque me niego a creer que ella sea real. La veo a veces en el espejo cuando me afeito; en el reflejo de las sopas cuando me dispongo a comer; en los vidrios de las casas; en los rostros de mucha gente; en la ventana cuando me dispongo a dormir; en mis sueños, cuando por fin me duermo. Ella es Lady Mind, el recuerdo que me está volviendo loco. Sí, un recuerdo, porque me niego a aceptar que es su espectro el que me acosa.
La conocí un año atrás, cuando se vino a vivir a la ciudad, a casa de sus tíos. Ella era la única hija del señor y la señora Mind, familia de abolengo, pero que había preferido mudarse a la tranquilidad del campo.
Tenía dieciséis años cuando se mudó a la ciudad; en parte, por insistencia de ella al oír a su madre relatar sobre la ciudad, sobre las finas damas, los elegantes caballeros, los suntuosos banquetes, los galantes bailes; ella quería formar parte de esa vida. Y en parte, porque los mismos tíos de la joven, también de apellido Mind, habían intercedido en favor de ella: ella pertenecía a la aristocracia, dijeron, y en los círculos de la alta sociedad debía moverse si querían concertarle un buen matrimonio, además de que serviría de compañera a una hija de edad similar que ellos tenían.

8 de mayo de 2017

El payaso de las fobias


Vi al payaso en una esquina, rodeado por una media docena de muchachos, todos niños. Ver al payaso allí me pareció raro, ya que no era un lugar muy concurrido; que su público sólo lo formaran seis muchachos lo confirmaba. Imaginé que quizá venía de una fiesta o iba a alguna y los chicos lo habían sorprendido.
Yo caminaba por el lado contrario de la calle, dispuesto a pasar desapercibido. Pero una idea tonta me entró de pronto.
No sé a qué se debe, pero desde pequeño he sentido aversión hacia aquellos seres de narices redondas y zapatos enormes. Recuerdo que cuando iba a los circos, la parte de los payasos era la única que no disfrutaba; aunque los chistes no tenían ninguna relación con este pequeño asustado, me parecía que se burlaban de mí, a veces podría jurar que me guiñaban el ojo con malicia. Y cuanto los encontraba en la calle, simplemente los ignoraba, aunque juraría que siempre me observaban hasta que me perdían de vista.
Pero ya tenía quince años. En tiempos pretéritos, a los muchachos de mi edad ya se les consideraba hombres. No podía ser que les siguiera temiendo a esas criaturas que tantas risas arrancaban a la chiquillada. ¿Qué malos podrían ser?
De manera que me armé de valor y crucé la calle. El payaso se me quedó viendo desde el momento que arranqué hacia él, sus manos seguían manipulando un globo como una salchicha, sentí cómo se me aceleraba el corazón, pero continué. Su peluca era naranja, y su pantalón abombado, amarillo chillón, con tirantes naranjas. Sus zapatos también eran naranjas. La cara la tenía pintada de blanco y la nariz era roja, igual que su camisa de mangas acampanadas. Era el primer payaso que miraba con mangas en forma de campana.
―¿Qué puedo hacer por ti, chiquillo? ―preguntó. Su voz entre cantarina y chillona me erizó los pelos e hizo que mis tímpanos reverberaran― ¿Quierez un globo? ―La zeta la arrastró como una serpiente.
Mi primer pensamiento fue largarme de allí, olvidar esa pavada, pero recordé que un muchacho de quince años ya no podía continuar temiéndole a un simple payaso. Lo miré de pies a cabeza, tratando de normalizar mi ritmo cardíaco, tratando de descubrir qué estupidez de su atuendo me causaba más risa. Pero nada me causaba risa, sino todo lo contrario. Cada parte de su horrible atuendo me causaba asco y miedo. Pero era su risa roja lo que más me atemorizaba.

28 de abril de 2017

Sonambulismo

Milder no recordaba mucho de su niñez. Pero, a decir de sus padres, su sonambulismo empezó desde temprana edad. Entre los diez y quince años, sus episodios de sonambulismo se intensificaron de tal manera que llegó a representar un peligro para ella misma. Peligros de que, naturalmente, ella no era consciente. Bajaba las escaleras, iba al baño, o deambulaba por los pasillos. Pero cuando mayor peligro corría era cuando se metía a la cocina y empezaba a manipular los instrumentos de la misma; en una ocasión la encontraron pelando un pepino con un cuchillo, de buena suerte que no se cortó. Desde ese día, en su casa guardaban bajo llave los objetos cortantes y pusieron una barandilla en el rellano de las escaleras en el segundo piso.
Se sabe que no existe un tratamiento eficaz para el sonambulismo. De manera que su familia tuvo que conformarse con reforzar las medidas de seguridad en torno a la habitación de Milder, a la vez que intentaban con sedantes y pastillas para dormir, que la joven no se levantara mientras aún dormía. El éxito fue escaso.
Tras los quince años, los episodios de sonambulismo de la joven empezaron a ser más escasos, cada vez más esporádicos. Hasta el punto de que cuando cumplió los diecisiete, hacía meses que no sufría de ese trastorno del sueño. Su familia se sintió aliviada, y la afectada, se alegraba de no suponer más carga para sus progenitores.
Pasaron los años y Milder se graduó de la universidad, no sin cierto esfuerzo, y consiguió un trabajo en una agencia bancaria. El primer día de trabajo se llevó una gran sorpresa al enterarse que una compañera de la universidad, llamada Yessenia, también había sido contratada por la misma agencia, en un puesto similar al de ella.
La sorpresa no fue de alegría precisamente. Nunca intimaron demasiado en la universidad; Milder opinaba que Yessi era arrogante y pagada de sí misma. Lo peor de todo era que, al menos en lo que concernía a Milder, la otra mujer llevaba algo razón, y Milder lo sabía, y eso hacía que su antipatía creciera. Yessi era más bonita, medio mundo lo decía, amén de que también conseguía mejores notas. Pero por lo que más inquina le guardaba, era por el día en que empezó a salir con Alexander, el chico que le gustaba a Milder.
Cierto que tres meses después, ella dejó al chico para salir con otro. Y unos meses después, Milder empezó a salir con él. Desde eso ya habían pasado dos años, y una semana atrás, ella se había mudado con él, al apartamento que su padre le había ayudado a comprar. Sin embargo, Milder aún sentía celos de que la mujer hubiera salido con su chico. ¡Y ahora esto! Iban a ser compañeras de trabajo, cuando estaba segura que jamás la vería de nuevo.
Y la muy hipócrita se atrevió a besarla en la mejilla ese primer día de trabajo.
―Hola, Milder ―la saludó―. No sabía que seríamos compañeras de trabajo. Qué súper, ¿no?
―Sí, mira, qué sorpresa ―dijo Milder, sin la efusividad de la otra―, no me lo esperaba.
―Ni yo. ¿Y cómo vas con Alex? ¿Es cierto que van a vivir juntos?
―Hace una semana que vivimos juntos ―matizó Milder, tratando de no traslucir acritud―. Es todo un amor.
―Me alegro por ambos. ―Milder no le creyó.

24 de abril de 2017

La Ventana

Gustavo nunca había visto el peculiar objeto trabado en unas ramas de un viejo árbol, y eso que él pasaba hasta seis u ocho veces por ese caminillo; dos veces cuando iba y venía de la escuela, y las otras cuando hacía de mandadero de su madre. Esa vez, mientras regresaba de la escuela, lo descubrió.
Se trataba del marco de una ventana, redondo, con jamba y montantes de madera barnizada y paneles de vidrio rugoso. Era el objeto más inusual para estar en ese sitio, más si se considera que en todo el pueblo no había ventanas redondas ni de esa clase de vidrio. A Gustavo le hizo pensar en Alicia en el País de las Maravillas, y en las casitas de los hobbits, esas dónde vivía Bilbo Bolsón y los de su raza.
El peculiar objeto despertó la innata curiosidad de los niños en Gustavo, que sintió una especie de morbo por echarle un vistazo más de cerca a la ventana. Mientras se bajaba de la bicicleta y se internaba en el bosquecillo, pensaba que quizá podría llevársela (si no la podían poner a la casa, al menos podría jugar con ella), pero lo que en realidad quería era abrir las dos hojas y echar ojeada al otro lado. Su mente racional le decía que no iba a ver otra cosa como no fuera la continuación del bosque, pero su lado infantil, el imaginativo, ese mismo que hizo que relacionara la ventana con Alicia y los hobbits, le hacían pensar en un mundo mágico al otro lado. Y ante esta perspectiva, esbozó una sonrisa y

22 de abril de 2017

La rebelión de la muerte (Parte Final)

Lee la parte VII pinchando AQUI

Al principio caminaron. Apenas contaban con dos linternas de mano, y tuvieron que apañárselas con estas para ver por dónde pisaban. A su alrededor, el bosque seguía silencioso, a no ser por la cacofonía de los zombis que les seguían. Porque Ricardo estaba seguro que aquellos monstruos iban en pos de ellos. A por sus vidas, a por lo único que les quedaba.
El miedo era el compañero incómodo en aquella marcha mañanera. Se vislumbraba en el rostro de la anciana que aspiraba grandes bocanadas de aire cada tanto, como si ello le fuera a devolver la vitalidad perdida en la juventud. Se sentía en el nerviosismo de Ana y de Bellyn, que había dejado de llorar merced a muchos ruegos de su madre y un par de ceños fruncidos cortesía del abuelo. Jaime y Richard iban a la zaga. Jaime iba al último, alumbrando con una lámpara a los demás. Ricardo lo volteaba a ver de vez en cuando, y veía su miedo en el rostro en forma de goterones de sudor. Bernard, abría la marcha, lámpara en mano, escopeta presta, una porra trababa de cualquier manera a su espalda, parecía el único que no sentía miedo. Pero Ricardo lo vio dar leves respingos cuando un ruido más fuerte que los anteriores hendía la noche. Ricardo, por su parte, estaba cagado de miedo.
Caminaron durante dos horas, según comprobó Ricardo. Pronto se hizo notorio que, con aquel ritmo, apenas si estaban retrasando lo inevitable. Si querían escapar de una muerte segura, iban a necesitar de algo más. Quedarse a pelear y volver a matar a los muertos-vivientes que los seguían, no le parecía la mejor de las opciones, ya que, a juzgar por la densidad del ruido, el grupo que los perseguía era bastante considerable. «¡Si tan sólo fueran tan lentos y torpes como en la televisión!» Pero lo cierto es que no era así, eran más rápidos, casi tan rápidos como una persona normal.
Elucubrando un poco llegó a pensar que, quizá debían girar hacia la izquierda, hacia la interestatal, y lo tenían que hacer a la carrera, si es que querían tener alguna posibilidad de alcanzarla. Suponía que la tenían a varios kilómetros desde su posición, a los zombis, mucho más cerca. O si pudieran hallar un lugar donde atrincherarse. Y en todo caso, ¿de dónde habían salido sus perseguidores? ¿Provenían de la ciudad o es que había algún cementerio en esos lugares?
Entonces lo recordó.
―¡Alto! ―Gritó.
Los demás se detuvieron de súbito, impelidos por la fuerza de su voz.
―¿Qué ocurre? ―Preguntó Bernard.
―¿Dónde están? ¿Hay más zombis? ―Preguntó a su vez Ana, aterrada, girando la vista a una y otra dirección. Bellyn se echó a llorar otra vez y la mujer se puso a la tarea de hacerla callar.
―¿Saben hacia dónde vamos? ―Inquirió Ricardo.
Nadie respondió. Se miraron durante unos segundos en la creciente claridad del amanecer, hasta que se encogieron de hombros.
―¡Los túmulos! ―Soltó Ricardo―. Recuerden que en alguna parte de este bosque están los túmulos resultas de las guerras sobre las que se forjó esta nación.

20 de abril de 2017

Extraños amigos

El ruido penetró en mi subconsciente de manera paulatina. Lo atribuí a mi propio sueño en un principio. Pero poco a poco me di cuenta de que ese ruido en realidad estaba dentro de mi habitación. Cuando comprendí eso, las garras del miedo se hundieron en mis entrañas, desgarrándome de forma lenta. Tras escuchar el mismo ruido durante un minuto, llegué a imaginar a un monstruo arrastrándose hacia mi cama. El ruido cesaba durante unos segundos (y yo imaginaba al monstruo tomando impulso) para luego volver a repetirse. ¡Y era dentro de mi apartamento! 
Al fin, harto de ese ruido y del miedo que me provocaba, decidí encender las luces y salir de dudas de una vez por todas. Qué más daba si era un monstruo que llegaba para arrebatarme la vida. Bastante poco afortunada era ya ésta, como para ahora temer perderla. 
Accioné el interruptor y la luz amarillenta de mis focos baratos bañó mi viejo y polvoriento apartamento. Allí, a un escaso metro de mi cama, había un monstruo. Lo primero que hice fue soltar un alarido y encogerme entre las mantas. El monstruo también reaccionó; dio media vuelta y se arrastró hacia la ventana, cuyo marco abierto indicaba a las claras por dónde se había colado el intruso. No me fue difícil descubrir que el monstruo en cuestión (que más bien parecía un perro) parecía herido. La sangre en el piso así lo atestiguaba, así como su lento y torpe arrastrar. Seguramente había contado con matarme antes de que yo despertara. ¡Mala suerte por él!
Salté de la cama, envalentonado por el estado de mi atacante, y recurriendo a mis viejas muletas, fui a por el cuchillo más grande de mi cocina. Cuando llegué junto a la criatura, que de forma torpe intentaba subir al alfeizar, le di con la muleta para que se diera vuelta. La impresión fue tan fuerte que perdí el equilibrio y caí con el trasero. 
Al principio me había parecido un perro, por el pelaje y las orejas principalmente. Pero al darle la vuelta, ya no supe que pensar. Su cara era simiesca, sus manos casi parecían humanas, y estaban dobladas en ángulos antinaturales que dejaba ver el hueso muy cerca de los codos. Aquella cosa, fuera lo que fuera, tenía los brazos quebrados. Su agonía debía ser terrible. El rabo y las piernas parecían de perro, y en su vientre, poco más arriba de un grueso pelaje que estuve seguro cubría su sexo, tenía una especie de bolsa, como un ombligo con pliegues, sólo que del tamaño de un puño.
¿Qué demonios era aquello?
Lo primero que pensé fue en deshacerme de él lo antes posible, pero descubrí que el cuchillo había escapado de mis manos. No importaba, sólo tenía que levantarme, recuperar el arma, y cumplir la faena. El monstruo se dio la vuelta y empezó a acercarse, arrastrándose, imaginé que una de sus piernas también estaba dañada. Sentí miedo, entré en pánico, y también empecé a arrastrarme, sólo que hacia atrás, procurando alejarme de aquel ser pesadillesco cubierto de sangre.

14 de abril de 2017

La rebelión de la muerte (Parte VII)

Lee la parte VI pinchando AQUI 

Se detuvieron antes de que fuera noche cerrada. Aunque no tenían equipo de campamento, les pareció mejor opción que ir dando tumbos en la oscuridad, en aquel bosque inhóspito y lúgubre. Se acomodaron bajo la sombra de un olmo de frondosas ramas, cuyo espeso ramaje los protegería de la lluvia, en el dudoso caso de que llegara a llover. No había mucho que hacer, salvo acomodarse en el suelo, comer algo y después tratar de conciliar algo de sueño.
Jaime hizo la primera guardia.
Ricardo se tiró sobre la capa de hojas muertas, sin pensar en los bichos que pudiera haber debajo, y acomodó el rifle, la 9 mm, la porra y el cuchillo a un lado, cruzó los brazos atrás de la cabeza, y clavó los ojos en la nada, mientras su mente vagaba por mil regiones. No tenía sueño, tampoco quería pensar en aquella locura que estaba ocurriendo, pero su mente insistía en volver al asunto. Pensó en la causa de que los muertos se levantaran de la tumba, en por qué ocurría sólo en su Estado, y por qué, él y Jaime, que habían sido mordidos, no presentaban ningún síntoma que indicara que terminarían convirtiéndose en muertos vivientes. Nada tenía sentido. Ni siquiera entendía bien por qué había sugerido que fueran al bosque.
Un aullido extraño hendió la soledad de la noche. Instintivamente, Ricardo cogió el rifle, pero no se levantó, sino que esperó. Espero un minuto, dos minutos, cinco… el aullido (que le hacía pensar en el asesino de la enorme serpiente) no se repitió. Se relajó de nuevo, preguntándose qué demonios hacía allí, si no hubiese sido mejor dejar que Emelyn lo asesinara en el patio de su casa. De pronto se sentía muy solo. Bernard tenía a Angélica. Jaime tenía a Ana y a Bellyn. Todos eran una familia. ¿Y él que pintaba? Quizá no debería estar allí. ¿Y por qué aquél silencio en el bosque? Se preguntaba qué estaba ocurriendo en la ciudad, y en la carretera. Se preguntaba si no sería mejor volver a la interestatal para tratar de coger un coche. En auto llegarían en un pis pas a la zona fronteriza. Se preguntaba cómo le iba al gobierno con esa idea de cercar el área afectada, y si esa área afectada no había agrandado sus fronteras. Se preguntaba…
Alguien sacudió sus hombros y Ricardo se despertó lanzando manotazos, medio adormilado.
―Tranquilo, hombre ―susurró la voz de Bernard―. Es hora de que se ocupe de su guardia.
Tardó cinco segundos en recordar lo que había ocurrido, dónde estaban y por qué le despertaban. El reloj marcaba las tres menos cuarto, y un escalofrío le sacudió el cuerpo. Pronto se cumplirían veinticuatro horas desde que iniciara aquella maldita pesadilla. «Las tres de la mañana». Esa hora le producía miedo.
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