Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

15 de junio de 2017

Despertar

No recuerdo cómo ni por qué, pero estaba cayendo. El terror se apoderó de mí. Como loco empecé a agitar mis brazos, como si con ello fue a echarme a volar o ralentizar la caída. Yo no era un ave, y así me lo demostró la gravedad, que me hacía ir al encuentro de la tierra como una aguja vuela al encuentro del imán. La oscuridad me rodeaba, me abrazaba, me oprimía, me estaba asfixiando. Abajo, algo emitía destellos como un cristal. «No, cristal no, es agua». Estaba cayendo al encuentro de alguna laguna o río. ¿Pero cómo, si hace instantes me encontraba muy abrigado en la cama?
El agua vino a mi encuentro. Esperaba un chapuzón, un golpe que me dejara sin aliento y me hiciera retorcerme del dolor, pero sólo alcancé a percibir unas cuantas gotas, como salpicaduras.
Desperté sobresaltado. El corazón latía con fuerza dentro de mi caja torácica. Estaba en penumbras, en mi habitación. Mi cama estaba pegada a la pared, junto a la ventana. La ventana estaba abierta, afuera llovía. Fueron las gotas que se colaban por el vano las que me habían despertado. Me sentí aliviado, como sucede siempre que tenemos una pesadilla para luego descubrir que no era realidad, que nada malo ha ocurrido. Sin embargo, seguía sintiendo una especie de aprensión.
Me incorporé en la cama para cerrar la ventana. La lluvia en lugar de empaparme, se quedó golpeteando contra el cristal. ¡Entonces lo supe! Y el miedo volvió más crudo que antes. ¡La cama! La cama siempre había estado en el centro de la habitación, no junto a la ventana. Cuanto me acosté esa noche, estaba en su lugar habitual. Es más, estaba seguro de que la ventana también estaba cerrada.
Escuché una respiración y un gruñido ronco en alguna parte de la habitación. Mi miedo se intensificó, si cabe. Busqué a tientas, tembloroso, la lámpara que siempre había a mi izquierda, no hallé nada; en la penumbra vi el mueble en el que estaba a varios pasos de distancia. No me atreví a bajar de la cama para encenderla. Seguía oyendo la respiración, imaginaba a un monstruo agazapado esperando que yo bajara de la cama.
Sentí ganas de gritar, de pedir auxilio, pero recordé que en casa no había nadie, estaba solo. Fuera lo que fuera lo que había en la habitación conmigo, con seguridad lo sabía, por eso estaba allí, para aprovechar mi soledad. «No, no puede ser un monstruo ―pensé―, debe ser Tobby», pero Tobby estaba afuera, yo mismo lo había llevado a su perrera. ¿Entonces?
Y si era un monstruo, ¿por qué no me había atacado? Quizá no podía atacarme mientras estuviera en la cama. De pronto recordé lo que hacía de niño, cubrirme con la sábana hasta que el miedo se iba o me quedaba dormido. Quizá fuera algo similar. Había movido la cama y abierto la ventana para que el agua me hiciera saltar al piso, momento que él aprovecharía para atacarme. ¿En serio yo estaba pensando eso? Qué estupidez, los monstruos no existen. Sin embargo, no me atrevía a dejar la cama para ir a encender la lámpara o las luces del techo.
La respiración continuaba allí. Yo me había incorporado sobre los codos, pero no me atrevía a hacer ningún otro movimiento, los brazos se me estaban entumeciendo.
Permanecimos en aquella situación durante lo que pareció una eternidad. Entonces el monstruo pareció convencerse de que no bajaría de la cama, de manera que se dio a conocer. Salió de entre las sombras de una esquina, dos ojos brillantes y demoníacos me observaban con fijeza; sin duda los había mantenido cerrados. Era grande, más grande que mi Tobby, parecía un lobo, su pelo era negro, lustroso… se acercó a mí gruñendo, mi corazón era un colibrí en el pecho y mi transpiración empapaba el pijama.
El monstruo llegó hasta el borde de la cama. Encogí los pies instintivamente, para protegerlos. La bestia abrió la boca y saltó sobre mí… de su boca no salió un rugido aterrador, como yo temía, sino un golpeteo, un golpeteo sordo…
Abrí los ojos en la penumbra de mi habitación. Otra pesadilla. Sólo había sido otra pesadilla. Mi cama estaba en el centro de la habitación, como debía de ser. La ventana estaba cerrada, y la luna que se asomaba tímidamente rodeada de las constelaciones de estrellas, me hizo entender que tampoco había llovido. Sólo otra pesadilla. Respiré con alivio.
El golpeteo que había salido de la boca del monstruo volvió a repetirse. Volví la vista a la puerta: alguien llamaba. Y mi miedo se intensificó una vez más.
―¿Quién? ―pregunté con timidez.
No obtuve respuesta, excepto que volvieron a llamar, esta vez con más brío.
―¿Quién? ―pregunté de nuevo.
Esta vez no llamaron con leves golpes de nudillo, sino que aporrearon la puerta. Después oí un golpe mucho más fuerte y la puerta se saltó de los goznes. Cuando la puerta cayó, vi en el umbral a papá y mamá. Pero no eran mis papás de siempre. Eran más grandes y gruesos, la piel la tenían amoratada y sus ojos brillaban de odio y furia. Ambos llevaban en sus manos sendas hachas de leñador. Se lamieron los largos colmillos y se abalanzaron sobre mí. Yo me eché a gritar.
Y gritando estaba cuando desperté.
―¡Maldición! ―grité a la nada.
Me pellizqué con rabia y no grité cuando el dolor me escoció el brazo.
―Al menos ya no estoy soñando.
Me bajé de la cama, enrabietado de tantas pesadillas y encendí las luces del cuarto. Todo estaba normal, como tenía que ser. Cogí una lámpara de mano y salí al pasillo. Bajé a la primera planta, levanté una portezuela y descendí al sótano.
Colgados de la piel de sus espaldas, colgaban papá y mamá, que ya se habían puesto negros por la putrefacción.
―¡Malditos! ―les grité―. No dejasteis de fastidiarme mientras vivíais, y cuando por fin logro deshacerme de vosotros, resulta que me fastidiáis en sueños. ―Les di una cachetada a cada uno―. ¡Malditos! Pero ya sé lo que queréis. Son cuatro los días que no me dejáis dormir, pero es porque vosotros tampoco dormís tranquilos. Creo que tendré que enterrarlos. Pero lo haré mañana, ahora estoy muy cansado. Una cosa os advierto, si después de enterrados me seguís fastidiando, os desenterraré y haré mil desgracias en vuestros cuerpos para que nunca podáis descansar en paz.
Dicho esto, me volví y regresé a mi habitación. Habría jurado que mis padres sonrieron mientras les daba la espalda. Me habían derrotado. Pero sin con ello conseguía un mínimo de paz, estaba dispuesto a darles lo que pedían.
Mientras subía las escaleras, mi humor había mejorado significativamente. Incluso me puse a silbar, pensando que quizá esa noche todavía me dejaran dormir un poco.

4 comentarios:

  1. Que miedo el monstruo era otro, no los de las pesadillas

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    1. Sí, mira. A lo mejor por eso tenía pesadillas. O puede que fuera el fantasma de sus padres. Pero desde luego, no las sufría por bueno.

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